El cateto y el científico

Uno de los temas más recurrentes por parte de aquellos que no saben nada de ciencia es acusar a la misma de haber conseguido acabar con la natural belleza de las cosas. Así, legiones de analfabetos claman, allá donde pueden, las bondades de las artes y de la sensiblería barata, en contra del conocimiento veraz que nos ofrece la ciencia con respecto al funcionamiento del cosmos.

Lo último que he podido leer al respecto ha sido una ñoña historia, escrita por un tal José Rey Suárez, publicada en el programa de festejos de 2005 del pueblo abulense de Piedralaves. El relato, titulado El poeta y el científico (carente, para más inri, de todo valor literario), nos presenta una infantil lucha dialéctica entre un poeta "despeinado y mal vestido" y un científico. El combate comienza cuando el hombre de ciencia es incapaz de comprender por qué el poeta se regocija al contemplar una pequeña flor campestre, y termina tras realizar el último una serie de preguntas dignas de un niño de dos años ("¿Se conmueve su corazón dejándose arrobar?) que hunden al científico en la tristeza y la desazón.

Por mucho que se esfuercen catetos de la ciencia como Rey Suárez en negar lo contrario, entre la ciencia y las artes existe una comunión perfecta. Desde el conocimiento necesario para levantar un edificio (¿no es la arquitectura la primera de las artes?) hasta la creación de aceites óptimos para la pintura, desde la métrica matemática de la música hasta el tratamiento de acetatos para el cine. Por la otra parte, quien niegue que un científico no se pueda conmover al leer una poesía bien escrita, al escuchar una sinfonía, al ver una película, es alguien que nada conoce de la naturaleza humana.

De hecho, parece ser que Rey Suárez, en su suma sensiblería, desconoce la existencia de Leonardo da Vinci, de los poemas a la bombilla o a la máquina de escribir de Salinas, de las conversaciones con dios de Unamuno. Decir que un científico no puede comprender la hermosura de una flor, es como decir que un poeta no puede encontrar belleza en un estrellado cielo nocturno.

Nunca jamás ha existido una lucha entre ciencia y arte, ambas son complementarias y, si me apuran, hasta necesarias. Quienes se empeñan en hacernos pensar lo contrario son, justamente, aquellas personas acerebrales que no son capaces de saber cuáles son las inquietudes del ser humano, qué es ciencia y qué es belleza.

[Lectura recomendada]  Dawkins, Richard: Destejiendo el arco iris. Traducción de Joandomènec Ros. Tusquets Editores. Barcelona 2000. 360 páginas.

Publicado por lolocaro el día 14-08-05 bajo Otros
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RESPUESTA A El cateto y el científico

He leido este comentario de un tal o una tal lolocaro. Me gustaria verte.Pero no creo que sea posible. Estarás profundizando en tus conocimientos científicos mientras paseas por los campos apreciando las florecillas. Por suerte nunca leerá José Rey esta cosa que has escrito faltandole al respeto. Internet existe para gente como tu, no para escritores aficionados que hacen lo que pueden y simplemente disfrutan escribiendo. Te falta mili, colega.Y te falta respeto y sabiduria. Si, me gustaria verte y ponerte en tu sitio, nene.O lo que seas, Lolo.

Publicado por Jose Javier Rey(*)(*) el día 18-08-07


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